Stories by Sofía: Hombres sin hombría

Algunos años atrás, una gringa llegó a la Ciudad de México

Algunos años atrás, una gringa llegó a la Ciudad de México para experimentar lo que ella pensó que sería un año de estudio en el extranjero, pero se convirtió en el resto de su vida. Esta selva de concreto, con sus mares de coches y cielos grises de smog, aquí yace el principio de todo. Llegó de 15 años y se sentía adulta pero a decir verdad, era una niña, una bebé. Esta ciudad la cobijó, la envolvió y la paralizó tanto que la asfixió y así, sin más, dejó de respirar, muerte de cuna creo que lo llaman. Esa misma cuna que vio morir a la niña vio nacer a la mujer forjada de dos lenguas, de dos culturas, de dos países, pero cuyo corazón siempre cargó marcado en sí los colores verde, blanco y rojo. Ok, ¡ya!

Suficientes cursilerías, saquen el tequila, ¡vamos a netear! Superados ya los shocks culturales (o sea ¿quien habría pensado que Taco Bell no cuenta como comida mexicana?), puedo decir que esa niña, que soy yo, se fascinó con este país. Me acostumbré a sus colores, a su gente, a su folclor, tanto que ya no quise despedirme de ellos. Pero quizás lo que más me cautivó fue la peculiaridad que tiene México para educar, nos guste o no, a sus habitantes. Supongo que crecer en San Diego fue bastante parecido a lo que ha de ser crecer en provincia; nadie sabe, pero todos opinan, todos creen que saben, pero el chisme parece un juego de teléfono descompuesto y como dice el dicho que todos y todas nos sabemos, re-bien, ¨pueblo chico, infierno grande¨.

¡Qué sorpresa me llevé con este pedacito de cielo al que vine a aterrizar! La neta, no sé ni por dónde empezar… ¿empezamos por los chilangos? ¿O por la comida? Meeeeeh, una buena historia de amor o desamor nunca falla… ésta es de ¨des¨. Y antes de arrancar, tengo que aclarar que en Estados Unidos la palabra ¨chilango¨ se refiere a cualquier mexicano que te topes. Esos hombres ¨de verdad¨ por los que tanto babeaba (siempre dije que los gringos eran medio de mentiras) me dieron la sorpresa del siglo. Pero bueno en su defensa, recordemos que tenía 15 años, ya no me sorprendo tan fácilmente.

Resulta que a los chilangos que siempre vacacionaban en los ¨Taco Towers¨ de Coronado y La Jolla, como que se les olvida ser galantes ya que vuelven a su ciudad, ¿no? De abrir puertas y acercarse a presentarse, ahora me toca que estoy sentada en un restaurante y me mandan cartitas con el mesero… ¿Qué pasó chavos? Seguido me pasa que escucho a mis amigos referirse a nosotras, las mujeres, como ¨viejas¨ y luego los escucho viboreando y echando chisme sabroso como auténticas viejas, dignos de ese calificativo y todo. Para no hacerles el cuento tan largo, esto del “Amor a la mexicana” no jaló.

Ahora pasemos al tema de la comida Mexicana… mmmmmmmmm. Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, ¿y cómo no? Dichosas mis papilas gustativas la primera vez que probé unas enfrijoladas con chorizo, unas gorditas de chicharrón prensado, unos ¡tacos al pastor! Faltan los emojis con ojitos de corazón para expresar completamente ¡mi amor por esos tres platillos! Como es de esperarse, ya que yo era alguien que no acostumbraba tener estas delicias tan a la mano, pues le metí duro a la tragadera y subí mas de 10 kilos en mis primeros meses en México. ¿Qué padre, verdad?

Comencé a pasar mucho, pero mucho tiempo sentada en mesas disfrutando del arte culinario nacional y ahí aprendí otro arte mexicano más: el albur. Un día decidí hacer caso omiso a las advertencias del amable mesero, quien siempre llega a la mesa y anuncia: “las salsas van de menos a más picante de aquí para acá”, mientras pasea sus deditos por encima de los recipientes. Era tal mi emoción por lo tacos que estaba a punto de devorar que prácticamente le vacíe la mitad de la salsa más temida de todas y lancé la primera y última mordida de la noche. Entre que estaba sudando, moqueando, llorando y jadeando bajé la guardia y medio balbuceé un ¨Me picó durísimo el chile¨. Dos fuertes lecciones en un día, la primera fue que no era tan ruda como yo creía y la segunda fue que era mucho más susceptible a las burlas de lo que me gustaba admitir. Ese día aprendí que prácticamente lo que sea que digas en una mesa mientras comes tiene un doble sentido, así que mejor ¡cállate!

Cuando agarre más confianza, les contaré más cosas que aprendí que no puedo decir en una mesa, pero por lo pronto la dejamos así. Básicamente mi historia en México comienza aquí, gorda, soltera y enchilada.

 

Fotos: Archivo RSVP

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